Hay dos tipos de inteligencia: una adquirida,
cuando un niño en la escuela memoriza hechos y conceptos
de los libros y de lo que dice el profesor,
recogiendo información de las ciencias tradicionales
así como de las nuevas ciencias.
Con tal inteligencia te elevas en el mundo.
Te clasificas por delante o por detrás de los demás
con respecto a su competencia en la retención de información.
Te desenvuelves con esta inteligencia
dentro y fuera de los campos de conocimiento, consiguiendo siempre
más marcas en tus tablillas de calificación.
Hay otro tipo de registro, uno
ya completo y preservado dentro de ti.
Un manantial desbordando de su fuente. Una frescura
en el centro del pecho. Esta otra inteligencia
no se vuelve amarilla ni se anquilosa. Es fluida,
y no va desde fuera hacia dentro
a través de las tuberías del aprendizaje.
Este segundo conocimiento es una fuente
desde dentro de ti, brotando hacia afuera.
Rumi
Hay algo que me resulta muy familiar en esta paradoja, y sospecho que a muchos de ustedes también.
Sabemos que reaccionamos. Sabemos que vivimos acelerados. Sabemos que hay algo en nuestra manera de estar que genera sufrimiento. Entendemos lo que nos pasa. Y sin embargo… seguimos igual.
Si leyeron los artículos de las semanas anteriores, quizás reconocieron algo de eso en ustedes: el piloto automático, la reactividad, esa sensación de estar corriendo hacia ningún lado, esa sensación de no poder parar. Tal vez al leerlos pensaron: “Sí, esto me pasa. Exactamente esto.” Y al día siguiente… volvieron a reaccionar de la misma manera.
Esto no es un fracaso. Es, en realidad, algo muy humano y muy informativo de cómo funcionamos.
La comprensión vive en un lugar, la reacción en otro
Hay algo que la neurociencia contemplativa lleva décadas investigando y que las tradiciones meditativas llevan siglos señalando: comprender algo intelectualmente activa una parte de nuestra mente, pero cambiar cómo respondemos a la experiencia requiere algo diferente y mucho más profundo.
Nuestras reacciones automáticas —esas que se disparan antes de que tengamos tiempo de pensar— están sostenidas por redes neuronales que se construyeron a lo largo de años, décadas incluso. Son patrones habituales, grabados profundo. La comprensión intelectual opera en otro nivel: más reciente, más consciente, más lento. No llega a tiempo.
Investigadores como Richard Davidson y Sara Lazar han documentado que la práctica meditativa sostenida produce cambios estructurales y funcionales en el cerebro —en la corteza y en regiones vinculadas a la regulación emocional— que la comprensión sola no genera. No es una cuestión de voluntad ni de inteligencia. Es una cuestión de entrenamiento.
Hace unos 20 años, cuando empezaba a enseñar, una alumna me dijo algo que nunca olvidé: “Entiendo todo lo que decís. Lo entiendo muy bien. Pero no puedo vivirlo.” En ese momento entendí que ella estaba nombrando algo esencial: que entre el mapa y el territorio hay una distancia que solo se recorre caminando. Y que mi tarea era acompañarla en ese viaje a transitar su propio territorio paso a paso.
Saber no alcanza, pero tampoco es inútil
Quiero ser cuidadosa aquí, porque sería fácil concluir de todo esto que comprender no sirve de nada. No es eso.
Comprender tiene valor. Reconocer nuestros patrones —identificarlos, verlos, nombrarlos, entender de dónde vienen— es el primer movimiento necesario. Sin esa conciencia inicial, ni siquiera sabemos qué es lo que estamos entrenando.
Lo que no puede hacer la comprensión sola es completar el trabajo. Porque ese trabajo —el de cambiar la relación que establecemos con la experiencia— requiere algo que solo la experiencia directa, repetida y sostenida, puede darnos.
Cuando practicamos, cuando realmente nos detenemos a observar y a entrar en contacto profundo y amable con lo que está pasando en nosotros —no desde el concepto, sino desde la experiencia directa—, empezamos a recopilar una información que ningún libro puede darnos. Empezamos a ver cómo funciona nuestra mente en vivo. Cómo se dispara la reactividad. Qué la activa. Cuánto dura. Cómo se siente en el cuerpo antes de que lleguemos a pensarla. Qué emociones genera y las conductas asociadas a ese estado interno que nos habita.
Esa información —que solo emerge de la práctica encarnada, habitual, honesta— es la que eventualmente nos da más opciones. No garantiza que no vayamos a reaccionar. Pero abre una posibilidad: la de notar. La de hacer una pausa. La de responder en lugar de reaccionar.
Lo que sí produce un cambio real
Esto es lo que me parece más honesto decir desde mis años de práctica y de acompañar a otros en la práctica: no existe un cambio rápido. No porque la práctica de mindfulness sea difícil o exigente —en realidad no lo es de la manera en que solemos pensar—, sino porque el tipo de transformación del que hablamos es de raíz.
No se trata de corregir algo que está mal en nosotros. Nadie está roto ni tampoco nadie nos viene a arreglar. Se trata de entrar en contacto directo con una capacidad que ya está ahí —la capacidad de ser conscientes, de observar, de elegir—, y cultivarla de a poco, como se cultiva cualquier cosa que vale la pena.
El término original en las tradiciones contemplativas para referirse a la meditación es bhavana, que significa precisamente eso: cultivo. No construcción, no conquista, ni tampoco mejora. Cultivo. Como quien trabaja la tierra, le da agua, luz, tiempo, y confía en el proceso.
Esto requiere que practiquemos de manera sostenida, momento a momento, con la misma atención cálida que le daríamos a algo a alguien que de verdad nos importa. No con exigencia. No esperando resultados inmediatos. Sino con paciencia y con la confianza de que cada momento de práctica genuina —cada vez que nos detenemos, que observamos, que volvemos a la experiencia directa en lugar de huir de ella— está trazando nuevas rutas en el territorio de nuestra experiencia.
Los participantes del programa MBSR – Programa de Reducción de estrés basado en Mindfulness- suelen describirlo así a partir de la tercera o cuarta semana de práctica: empiezan a notar que hay una pequeña pausa donde antes no la había. Un instante entre el estímulo y la respuesta. Ese instante —esa brecha mínima— es el comienzo de la libertad.
No es que el estrés desapareció. No es que ya no sienten miedo o frustración. Es que empezaron a poder ver esas experiencias desde un lugar un poco más amplio. Y desde ese lugar, las opciones emergen como la libertad.
Una invitación a la experiencia directa
Todo esto que estoy diciendo no puede ser comprendido del todo leyéndolo. Tiene que ser vivido.
Y eso no es una frase motivacional: es lo que la práctica enseña una y otra vez. El conocimiento que transforma no viene de afuera hacia adentro, como acumulamos información. Viene de adentro hacia afuera, como el manantial del que habla Rumi: está preservado ahí, en tu interior, y solo emerge cuando le damos las condiciones para emerger.
Si algo de lo que leíste resonó en vos, te invito a dar un paso muy pequeño y muy concreto. No a entender más. A experimentar. A entrar en contacto con tu experiencia y quedarte cerca de tu compañía. Como lo harías con alguien que realmente te importa.
Momento a momento. En cada respiración. Vamos juntos.
María Noel
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El Programa MBSR y el Programa MBEB ofrecen exactamente este recorrido: no información sobre mindfulness, sino la experiencia directa y acompañada de lo que la práctica sostenida puede hacer. Las inscripciones para abril están abiertas.