Han pasado muchos años desde que comencé a practicar y ahora mirando a la distancia veo que hay algo curioso que empieza a aparecer cuando uno se detiene, aunque sea un momento, a mirar la propia vida con un poco más de atención.
Lo he visto cientos de veces en los participantes que pasan por los cursos de la Socie, no solo lo que enseñé sino también conozco desde la experiencia de nuestros instructores.
No suele aparecer como una gran revelación ni como un descubrimiento espectacular. Más bien es una sensación sutil que empieza a insinuarse de a poco, casi como si algo en el fondo de la experiencia nos estuviera diciendo que hay algo que no estamos terminando de ver.
Un atisbo de lucidez se abre para ver que quizá la vida que estamos viviendo no es todo lo que querríamos. Esa consciencia es una brecha de libertad que se abre y que, aunque puede ser mínima, anuncia, como un rayo de luz entre las nubes de tormenta que hay otro clima que posible.
Es lo que a muchas personas les hace considerar la idea de practicar mindfulness como algo que, si bien saben que les puede ayudar, antes de empezar a practicar no vislumbran cómo.
Esa misma consciencia de que hay otra forma de vivir posible, también nos obliga a reconocer algo bastante simple y, al mismo tiempo, bastante inquietante: gran parte de nuestra vida parece suceder sin que estemos completamente presentes para vivirla.
Nos levantamos por la mañana, empezamos el día, resolvemos cosas, respondemos mensajes, pensamos en lo que sigue, nos movemos de un lugar a otro, conversamos con personas mientras en el fondo de la mente ya estamos pensando en lo que viene después… y cuando finalmente el día termina aparece esa sensación que muchos conocemos bien.
Una sensación difícil de describir, como si el día hubiese pasado demasiado rápido… o demasiado lento. En todo caso, sentimos un desfase entre el tiempo que pasó y el que sentimos que ha pasado.
No necesariamente porque haya sido un día especialmente intenso, ni porque hayan sucedido pocas o muchas cosas, sino porque, de algún modo, lo atravesamos sin estar completamente ahí.
Como si la vida hubiese ocurrido en piloto automático.
El piloto automático
Conviene decir algo desde el principio, porque muchas veces cuando hablamos de “piloto automático” parece que estuviésemos señalando un problema o un error del sistema, pero en realidad no lo es.
El piloto automático es una de las capacidades más extraordinarias de la mente humana.
Gracias a él podemos caminar sin tener que calcular cada paso, manejar un auto mientras escuchamos a alguien hablar o preparar el desayuno sin tener que pensar deliberadamente cada movimiento del cuerpo.
Si cada acción requiriera que nuestra parte consciente estuviese allí para controlarla, la vida sería prácticamente imposible.
Entonces ese modo automático de funcionar no es el problema en sí. Es una forma muy eficiente que el organismo tiene para gastar la menor energía posible para algo que ya sabemos hacer.
El modo automático afortunadamente no excluye la posibilidad de ser conscientes mientras sucede. Por ejemplo, aún cuando estemos “delegando” a las partes automáticas el caminar, podemos ser conscientes de ello. Podemos sentir cada sensación de caminar, aun cuando no controlemos el andar en lo más mínimo y lo hagamos en “automático”.
Sin embargo, cuando la consciencia del momento presente no se cultiva, cuando la desatención se vuelve un hábito, el modo de funcionar automático comienza a tomar el espacio interno.
Entonces ya no solo nuestras acciones simples, sino también toda nuestra forma de funcionar empieza a caer en hábitos automáticos de nuestras reacciones emocionales, nuestros pensamientos y nuestras decisiones empiezan a suceder en automático, sin que haya un momento en el que realmente podamos ver lo que está ocurriendo.
Gran parte de nuestra vida no ocurre porque la elegimos, sino porque reaccionamos automáticamente a lo que está pasando.
La velocidad de la reacción
Cuando comencé a practicar pude darme cuenta que si empezaba a observar con un poco más de detenimiento lo que ocurría en mi vida cotidiana aparecía algo interesante: en general reaccionaba antes de reconocer qué estamos sintiendo, es decir, que en la mayoría de los casos me daba cuenta después de reaccionar. En el momento todo el proceso es transparente.
Alguien dice algo que nos molesta y, antes de comprender realmente qué emoción apareció en nosotros, ya estamos respondiendo.
Aparece una preocupación y, casi sin darnos cuenta, empezamos a imaginar escenarios futuros, posibles problemas, cosas que podrían salir mal.
Y cuando aparece una emoción incómoda —ansiedad, frustración, tristeza— la reacción automática suele ser tratar de hacer algo para que desaparezca: distraernos, discutir, comer algo, mirar el teléfono o llenar la mente con otra cosa.
Todo esto ocurre muy rápido, tan rápido que muchas veces da la impresión de que simplemente nos pasa, como si fuese algo natural. Incluso podemos empezar a ponerle “nombre” a eso que creemos natural, o, como en mi caso, otros le ponen nombre: me decían, como decimos en Argentina, “calentón” (enojón, enfazadizo, etc.).
Al tiempo, estas reacciones a la luz de la consciencia empezaron a mostrar algo muy interesante: entre lo que ocurre y lo que hacemos hay un pequeño espacio.
Un espacio muy breve, casi imperceptible, pero real. Y cuando ese espacio empieza a hacerse visible, algo en la experiencia empieza a cambiar.
La mente que busca problemas
Hay otro aspecto del funcionamiento de la mente que influye mucho en todo esto. Es un aspecto evolutivo tremendamente útil: nuestra mente tiene una tendencia bastante marcada a detectar lo negativo con mucha más facilidad que lo positivo.
Esto se conoce como sesgo negativo, y está muy estudiado en psicología y neurociencia.
Durante la mayor parte de la historia del reino de los mamíferos, sobrevivir dependía de la capacidad de detectar rápidamente posibles amenazas. Reconocer un peligro antes que otros podía significar la diferencia entre vivir o morir.
Por eso el cerebro se volvió particularmente sensible a lo problemático.
Incluso hoy, si mostramos durante una fracción de segundo distintas expresiones faciales, la mente suele reconocer antes una cara enojada que una cara feliz.
La mente está entrenada para detectar lo que no está bien y eso nos ayudó a sobrevivir pero también tiene un efecto secundario.
La mente no solo detecta problemas. Su tarea también es buscarlos.
Cuando la experiencia se tiñe
Hay una imagen que el Buda ofrecía cuando explicaba cómo algunos estados internos puede “teñir” nuestras percepción que me parece muy ilustrativa y puede ayudar a entender esto.
Imaginemos que la mente es como un cuenco de agua clara y queremos ver el fondo del cuenco. Cuando aparece una preocupación, una emoción intensa o una situación difícil, es como si cayese una gota de tinta en ese cuenco.
De pronto el fondo y todo dentro del cuenco empieza a verse del color de esa tinta.
Si estamos preocupados, empezamos a escuchar las cosas desde esa preocupación.
Si estamos enojados, todo parece más irritante.
Si estamos tristes, el mundo entero parece un poco más pesado.
No es que todo lo demás haya desaparecido, pero la experiencia quedó teñida por ese color.
Cuando la mente se tiñe de un color, es muy difícil dejar de ver todo de ese color.
Esto también es un aspecto evolutivo: si el cerebro ha detectado una amenaza, no la suelta hasta que haya seguridad. Y no deja de mirarla: la atención se centra en la amenaza para no distraerse ni bajar la guardia hasta que volvamos a sentirnos seguros.
Lo que también está pasando
El punto aquí es que seguimos mirando desde la mente “teñida” e, incluso en momentos difíciles, la experiencia humana rara vez es una sola cosa.
Puede haber preocupación… y al mismo tiempo alguien que nos escucha.
Puede haber cansancio… y al mismo tiempo un momento de calma.
Puede haber dolor… y al mismo tiempo algo que funciona.
Incluso la misma reacción puede ser mucho más sútil y matizada y puede tener una función inesperada. Una de las experiencias más potentes que he tenido de práctica intensa en un retiro fue cuando, al entrar una persona muy querida por mí, tuvo un problema de salud grave que cambió su vida por completo justo cuando estaba entrando al retiro.
Recuerdo el dolor y la sensación de pérdida que sobrevinieron en los primeros días. Por supuesto, no quería sentir eso, pero me permití sentir el dolor, le dí tanto espacio como quisiese tomar. Y entonces apareció una tristeza profunda. Al principio, sentí que me llevaba a la tierra, me pesaban los pasos, toda distancia me parecía mucha, todo esfuerzo demasiado. Y luego de un tiempo asi, la tristeza se reveló de otra forma: fue como una manta cálida, una cobija gruesa de esas que, en el frío del dolor y la pérdida, me abrigaba. Entonces puede ver el atardecer, las plantas, a mis compañeros de retiro, a los maestros, la alegría de estar ahí y la sensación de que la vida nunca se había detenido.
La experiencia siempre es más amplia de lo que parece cuando estamos tomados y reaccionamos automáticamente a lo que sucede con rechazo. Incluso, como fue mi caso en ese retiro, nuestros estados pueden estar trayendo oportunidades de sabiduría, si los dejamos hacer sin reaccionar.
Tal vez no siempre podamos elegir lo que ocurre, pero para permitir que la sabiduría emerja debemos empezar a notar cómo nos relacionamos con lo que ocurre.
El momento de darse cuenta
Muchas veces pensamos que para cambiar algo en nuestra vida necesitamos hacer transformaciones enormes.
Pero curiosamente el primer paso suele ser mucho más simple: no se trata de eliminar pensamientos ni de dejar de sentir emociones. Ni tampoco de convertirse en una persona completamente distinta.
El primer paso es darse cuenta.
Darse cuenta de que estamos reaccionando.
Darse cuenta de que apareció una emoción.
Darse cuenta de que la mente empezó a girar alrededor de una preocupación.
Ese pequeño momento de reconocimiento —que a veces dura apenas un instante— ya cambia algo.
Porque en ese momento dejamos de estar completamente atrapados en el modo automático.
El momento en que nos damos cuenta es el momento en que empieza a abrirse otra posibilidad.
Volver a la experiencia
El regreso al momento presente no suele suceder convenciéndote de que “tenes que volver”. Las estrategias cognitivas pueden funcionar cuando hay cierto grado de sosiego y podemos “escuchar”, pero cuando hay, aunque sea minimamente, cierto grado de activación, el cerebro no escuchará razones.
Entonces, suele ser mejor empezar por algo cercano y concreto: volver al cuerpo, volver a la respiración, volver a las sensaciones que están ocurriendo ahora.
El cuerpo tiene una ventaja importante: siempre está en el presente. La mente puede viajar al pasado o al futuro, pero el cuerpo siempre está aquí.
Por eso muchas prácticas contemplativas utilizan el cuerpo como un punto de apoyo, no porque el presente sea una idea interesante o atractiva. De hecho, no existe nada menos extraordinario que el momento presente. Si la vida fuese solo lo extraordinario, tendríamos que decir que vivimos muy poco.
Sin embargo, este ordinario y cotidiano momento presente es el lugar donde la vida está ocurriendo. Y no es extraordinario en su naturaleza pero es maravilloso, porque es precioso: el único momento que tenemos para vivir.
Una pequeña apertura
Entonces tal vez no podamos evitar que la mente funcione como funciona, que aparezcan pensamientos, que aparezcan emociones y que aparezcan preocupaciones, pero sí podemos empezar a ver todo eso con un poco más de lucidez.
Y cuando empezamos a verlo con claridad, algo se abre.
No porque desaparezca lo difícil, sino porque dejamos de estar completamente atrapados en ello.
Ese pequeño cambio —que al principio puede parecer casi imperceptible— es el comienzo de algo importante.
Es el momento en que empezamos, aunque sea por instantes, a salir del modo automático y a vivir como si este fuese (de hecho lo es) el primer y último momento de nuestras vidas.
Vivir apreciando este momento con el valor de aquello que no se repetirá jamás.
——————
Si quieres ver un video de Santi sobre este mismo tema, mira este video en YouTube: